Las varas de la Antigüedad
Los textos más antiguos de Europa ya hablan de varas mágicas. En la Odisea de Homero, la hechicera Circe toca con su vara a los compañeros de Ulises y los convierte en cerdos. Hermes, el mensajero de los dioses griegos, lleva siempre su caduceo, una vara con la que guía a las almas y hace dormir o despertar a quien quiere.
En Roma, los augures, los sacerdotes encargados de interpretar las señales de los dioses, usaban el lituo, un bastón curvado con el que trazaban en el cielo el espacio sagrado donde observar el vuelo de las aves. En todas estas tradiciones, la vara es lo mismo: una herramienta para señalar, para trazar límites y para transformar.
Bastones de pastores y varillas de zahoríes
Fuera de los templos, la vara mágica tuvo una vida más humilde y más cercana. Los pastores de las montañas llevaban bastones de madera tallada que, según muchas tradiciones populares, protegían al rebaño y alejaban las tormentas. Y en los pueblos de media Europa, los zahoríes recorrían los campos con una varilla de avellano en forma de horquilla, buscando agua bajo tierra. Muchos todavía lo hacen.
En los cuentos de hadas, la vara se hizo más pequeña y más ligera. A finales del siglo XVII, en la versión de Perrault de Cenicienta, el hada madrina transforma una calabaza en carroza con un toque de su varita. Desde entonces, la varita es en el imaginario popular el objeto mágico por excelencia.
Lo que cuentan los despiertos
Los despiertos cuentan esta historia de otra manera. Para ellos, los bastones de los pastores y las varas de los sacerdotes fueron los primeros intentos de algo que tardó siglos en perfeccionarse: encontrar la madera justa, unirla a un núcleo que la despierte y tallarla de modo que se entienda con una sola persona.
Según esa tradición, las varitas fueron acortándose con el tiempo por una razón muy práctica: cuando los despiertos empezaron a vivir entre durmientes, necesitaban un instrumento que cupiera en una manga, en un bolsillo o entre las páginas de un libro. Los grandes bastones quedaron para los caminos, y la varita se convirtió en compañera de bolsillo.
El oficio de varitero
Con las varitas más pequeñas nació también un oficio nuevo. Los variteros aprendieron a leer la veta de la madera, a reconocer los núcleos y a tallar cada pieza pensando en su futuro portador. Era un saber que se transmitía de taller en taller, casi siempre de palabra y casi nunca por escrito, y que exigía años de práctica.
Hoy quedan muy pocos talleres que sigan trabajando así, a mano y sin prisa. La Forja de Varitas es uno de ellos. Cada varita que sale de su banco de trabajo es heredera de esa larga historia, desde la vara de Circe hasta la varilla del zahorí.