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El taller de la Forja

A orillas de una ría del norte, en una calle por la que pasan cada día cientos de durmientes sin sospechar nada, hay una puerta que huele a viruta. Al otro lado está la Forja: un banco de trabajo gastado por los años, estantes llenos de varillas de madera que esperan su turno, botes de tintes y barnices, y una caja de lacre rojo que siempre está a mano.

El artesano, concentrado, sujeta con unas tenazas una varita al rojo vivo sobre el fuego de la fragua

Aquí no se fabrican varitas. Aquí se tallan. La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo: una varita fabricada sale igual que la anterior, mientras que una varita tallada guarda las decisiones que el artesano fue tomando con cada corte. Esta página cuenta cómo es ese camino, paso a paso, desde el tronco hasta el estuche.

La elección de la madera

Todo empieza antes de tocar la gubia. Las varitas de la Forja se tallan en madera maciza torneada: varillas cilíndricas para la mayoría de los linajes y, para las piezas más grandes, mangos de madera de mayor grosor. El Varitero revisa cada pieza a contraluz, comprueba que esté recta y sigue con el dedo el recorrido de la veta, porque una varilla torcida nunca recupera su línea.

Busca una fibra limpia en el cuerpo de la varita y algo de carácter en la zona de la empuñadura, donde un nudo o un cambio de tono pueden convertirse en el rasgo más bonito de la pieza. En el relato de la Forja, además, cada linaje pertenece a un árbol que le da su carácter: el cerezo para el fuego, el fresno para el agua, el roble para la protección, el abedul para la calma. Esa madera del relato es la que inspira el color, la talla y el acabado de cada varita.

El desbaste

Con la varilla elegida, llega el trabajo más físico. Se marca la longitud del linaje y se va rebajando con formones y escofinas hasta que aparece la silueta de la varita: más gruesa en la empuñadura y afinada hacia la punta. Es un trabajo lento, de muchas pasadas cortas, porque un corte de más no tiene vuelta atrás.

En esta fase se decide también el perfil del cuerpo. La mayoría de las varitas conservan la sección redonda, pero algunos linajes piden otra forma, como la sección cuadrada en espiral de Ibai o la cabeza de serpiente de Sugaar.

El núcleo de cada linaje

En la tradición de la Forja, cada varita guarda en su interior un núcleo que la despierta: una fibra, una hebra, una escama o una pizca de algo que no se encuentra en el mundo dormido. El núcleo da a cada linaje su carácter y su afinidad, y es el centro de la historia que acompaña a cada pieza.

Conviene decirlo con claridad: el núcleo es parte del relato. Las varitas no contienen ningún material oculto en su interior, y ni el núcleo ni ninguna otra cosa les da propiedades mágicas, curativas ni de ningún otro tipo. Lo que sí es real es su nombre, escrito a mano en el certificado junto a la historia que lo explica.

La talla de la empuñadura

La empuñadura es donde la varita se encuentra con la mano, y donde cada linaje muestra su personalidad. Con gubias finas y navaja de tallista, el Varitero graba espirales, nudos, hojas, ondas o runas, según lo que pida la pieza. Algunas empuñaduras llevan pirograbado, otras se rematan con un pomo o con una virola de metal.

Es la parte que más horas consume y la que hace que dos varitas del mismo linaje nunca sean idénticas. La veta no se repite, y la mano del tallista tampoco.

El lijado y el pulido

Una vez tallada, la varita pasa por lijas de grano cada vez más fino hasta que la superficie queda suave como una piedra de río. Entre pasada y pasada se humedece ligeramente la madera para levantar la fibra y volver a lijarla, de modo que el acabado no se vuelva áspero con el tiempo.

Tintes, pátinas y barnices

El color final depende de cada pieza. Algunas conservan el tono natural de la madera, como Sugaar o Áurea; otras reciben tintes, como el rojizo de Ardora, el marrón oscuro de Nébula o la noche de Nocturna. Muchas llevan además accesorios: resina acrílica en Sugaar, cristales en Ardora, un pomo de acero inoxidable en Nébula, acrílico transparente en Boreal, apliques dorados en Áurea o cordón de cuero sintético en Nocturna. Cada capa se aplica a mano, se deja secar y se lija suavemente antes de la siguiente, y todas las varitas terminan protegidas con barniz o resina.

El último paso es un pulido con paño de algodón, el mismo que cuelga siempre del delantal del Varitero. Cuando la luz resbala por la varita sin encontrar un solo tropiezo, está terminada.

El nombre y el certificado

Ninguna varita sale de la Forja sin papeles. Cada una recibe un número de serie único y un certificado de autenticidad en el que el Varitero escribe a mano su linaje, su material, su núcleo, su longitud y la fecha en que se terminó. El certificado se firma y se sella en lacre rojo con la Estrella de la Forja, la estrella de ocho puntas que es el emblema de la casa.

El embalaje y el viaje

La varita se guarda en su estuche, se envuelve en papel kraft, se ata con cordel y se lacra. Así sale del taller y así llega a tu puerta, en un plazo máximo de 5 días laborables desde la compra. Lo que pase después, cuando la tengas en la mano por primera vez, ya es cosa vuestra.

Tu varita te está esperando

En algún rincón del taller hay una varita tallada para alguien como tú. Solo tienes que encontrarla.

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